SEMBLANZA DE DON ANDRÉS BELLO LÓPEZ (XI)
Dr. Juan Andrés Orrego Acuña
Profesor
de Derecho Civil U. de Chile
“En
1842, el presidente Bulnes confía a Bello y a Manuel Montt organizar la
Universidad de Chile. Ella será la continuadora de la primera universidad
chilena, la de San Felipe, extinguida por un decreto de Mariano Egaña en 1839.
En sus primeros veinte años, funcionaría en el terreno que hoy ocupa el Teatro
Municipal, para trasladarse después a su actual emplazamiento.
Vale
la pena detenerse en los nombres de los decanos y sub decanos que Bulnes, Montt
y Bello escogieron para la naciente universidad: Filosofía y Humanidades,
Miguel de la Barra y Antonio García Reyes; Ciencias Matemáticas y Físicas,
Andrés Antonio Gorbea e Ignacio Domeyko; Medicina, Lorenzo Sazié y Francisco
Javier Tocornal; Leyes y Ciencias Políticas, Mariano Egaña y Miguel María
Güemes; y Teología, presbíteros Rafael Valentín Valdivieso y Justo Donoso.
Secretario general fue elegido el poeta Salvador Sanfuentes. Y a la cabeza de
todos ellos, un venezolano que había arribado al país catorce años atrás.
Bello,
refiriéndose a la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas, diría en su discurso
inaugural: “A la facultad de leyes y ciencias políticas se abre un campo el más
vasto, el más susceptible de aplicaciones útiles. Lo habéis oído: la utilidad
práctica, los resultados positivos, las mejoras sociales, es lo que
principalmente espera de la universidad el gobierno…” En una ceremonia llena de
brillo y solemnidad, con un aparato digno de la época colonial, el 17 de
septiembre de 1843 se inaugura la universidad. En su discurso, Bello subrayará
la importancia de instruir al pueblo: “…soy de los que miran la instrucción
general, la educación del pueblo, como uno de los objetos más importantes y
privilegiados a que pueda dirigir su atención el Gobierno; como una necesidad
primaria y urgente; como la base de todo sólido progreso; como el cimiento
indispensable de las instituciones republicanas.”
Por
cierto, como una señal de increíble miopía, dos veces, en los años siguientes a
su fundación, se intentó abortar con la naciente institución universitaria. En
efecto, los diputados conservadores (en 1845) y los liberales después (en
1849), pidieron la supresión del presupuesto asignado a la Universidad, por
estimarlo “inútil e injustificado”. Como fracasaren en su intento, se propuso
reducir sus gastos, declarando ad honores al personal ejecutivo.
Afortunadamente, el Senado rechazó esta absurda iniciativa. No en balde, Bello
formaba parte de este cuerpo, e influyó en la decisión con su oratoria y
prestigio.
Los
afanes de bello, no se circunscribían, sin embargo, sólo a la enseñanza
superior. Abogaba por extender la enseñanza primaria, que presentaba en la
época un panorama desolador. En 1848, iba a la escuela primaria en Chile un
habitante por cada 45142. En los primeros años del gobierno de Montt, de un
total de 215.000 niños, sólo recibían enseñanza elemental 23.131. A mediados
del siglo diecinueve, era Chiloé la región que mejor promedio tenía en esta
materia, con una escuela para cada 118 niños, mientras que la situación más
desastrosa se presentaba en Colchagua, con una escuela para 668 niños.
Mucho
antes que Domeyko, Sarmiento y Montt, abogaría Bello por la necesidad imperiosa
de establecer escuelas normales para preceptores, con el objeto de uniformar y
mejorar la educación elemental. “¿Qué haremos –se preguntaba- con tener
oradores, jurisconsultos y Estadistas, si la masa del pueblo vive sumergida en
la noche de la ignorancia?”. Como dice Encina, Bello fue el inspirador,
mientras que Sarmiento y Montt, serían los realizadores. Esta prédica de Bello
afortunadamente no caería en balde. Si al comenzar el gobierno de Montt había
571 escuelas de enseñanza primaria, al concluir el número se elevaba a 911
escuelas.
Por
aquellos años, habían obtenido refugio en Chile importantes intelectuales
argentinos, huyendo de la dictadura de Rosas y de los caudillos del interior.
Destacan entre ellos Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Vicente Fidel
López y Juan María Gutiérrez.
Entrarán
en una célebre polémica con Bello. En efecto, éste encarnaba la tradición literaria
europea, y sostenía la necesidad de estudiar el idioma castellano y su
gramática y completar tal estudio con el latín y los clásicos, imprescindibles,
decía, para cualquier joven que quisiere abrazar la carrera literaria.
Sarmiento y sus compatriotas, por su parte, enrostraban a los jóvenes
escritores chilenos una esterilidad provocada, supuestamente, por la disciplina
a que Mora y después Bello los habían sometido, al imponerles el estudio del
idioma y de los modelos clásicos.
Los
argentinos desdeñaban este estudio de los clásicos y del idioma, que consideraban
no sólo disciplinas inútiles sino que además dañinas, pues mataban en germen la
personalidad espontánea, fiándolo todo a las dotes naturales. Bello, en
respuesta, señalaba que por el camino propuesto por los trasandinos, el del
menor esfuerzo, dentro de poco desaparecería el hermoso idioma de Cervantes, y
sería reemplazado por dialectos bárbaros y que por este procedimiento jamás
llegaría el genio hispanoamericano a producir obras maestras.
Aunque
algunos de los argumentos de los jóvenes argentinos nos parecen fundados, la
balanza se inclina en esta disputa a favor de Bello, por la sencilla razón que
la creación artística, ha de estar necesariamente precedida por una sólida
formación intelectual. En esa misma dirección, planteaba Bello que el estudio
de la Historia debía privilegiar la investigación en las fuentes, antes que
lanzarse a redactar ensayos histórico-filosóficos. En 1848, decía Bello:
“¡Jóvenes chilenos!, aprended a juzgar por vosotros mismos; aspirad a la
independencia del pensamiento. Bebed en las fuentes… Leed el diario de Colón,
las cartas de Pedro de Valdivia, las de Hernán Cortés, Bernal Díaz…”
Bello
se daba tiempo incluso para traducir obras de teatro, como lo hizo con “Teresa”,
de Alejandro Dumas, que interpretada por la célebre actriz Aguilar, causó
sensación en Santiago.
En
las postrimerías del gobierno de Bulnes, hacia 1850, se había instalado Bello y
su familia en una casa sita en el número 100 de la calle Catedral. Bordeaba ya
los setenta años, pero no se extinguía su dedicación al trabajo. Paulino
Alfonso lo describe en su sala de trabajo, un aposento rodeado de estantes
colmados de libros, donde escribía en la silenciosa compañía de un gato romano,
entre blanco y plomo, que era tolerado sobre el escritorio, comía con su amo y
acostumbraba dormir a sus pies sobre una piel que había bajo el sillón y la
mesa. Será en aquellos años en los que culminará su obra más elogiada, el
Proyecto de Código Civil.
En
1849, resulta elegido como diputado su hijo Juan Bello Dunn. Este hijo del
segundo matrimonio de Bello, sería el causante de la famosa frase de Lastarria
en el Congreso. En efecto, José Joaquín Vallejos Borkoski, escritor copiapino
talentoso y satírico, más conocido como “Jotabeche”, se opuso en una sesión de
la Cámara a la elección de Bello, alegando que era un extranjero, nacido en
Londres, de madre inglesa y padre venezolano. Lastarria, discípulo de Bello y
todavía no distanciado de éste en aquellos años, defendió al hijo de su
maestro, ante lo cual “Jotabeche” aludió con ironía a la inteligencia de
Lastarria, viniendo de inmediato la réplica de éste, confirmando sin falsa
modestia su inteligencia y agregando para disipar las dudas: “tengo talento y
lo luzco”.
A
propósito del distanciamiento de Lastarria de su antiguo maestro, por las
razones que más adelante indicaremos, varias personalidades del ámbito liberal,
opositores al gobierno, reprochaban a Bello cierta obsecuencia con el régimen.
En verdad, estas críticas nos parecen injustas. Bello creía de verdad que lo
mejor para el país era continuar con el gobierno conservador. Su temperamento
estaba lejos de entusiasmarse con utopías revolucionarias que habrían hecho
retroceder el estado de las cosas a los días previos a Lircay.
Para
un temperamento tan hispánico como el de Lastarria, Bello era tímido y
retrógrado. La explicación podríamos encontrarla en los años londinenses, que
habían moldeado un carácter flemático, muy ajeno al común de nuestros políticos
de la época (y de ésta también). Bello, practicaba a fin de cuentas las reglas
inglesas de la conversación: no exhibir principios personales categóricos, no
contradecir y aparentar respeto por las ideas contrarias.
Los
mayores sinsabores para Bello se los provocarían, precisamente, jóvenes
liberales. Al poco tiempo de asumir la rectoría de la Universidad, el alumno de
leyes Francisco Bilbao (discípulo de Lastarria) publica en el diario “El
Crepúsculo” un libelo titulado “Sociabilidad chilena”, que constituía un
virulento ataque a la Iglesia y a la estructura política y social. El autor fue
acusado de blasfemo e inmoral y condenado a pagar una multa o prisión en caso
contrario. El escándalo que causó la publicación fue mayúsculo. Bilbao,
enfrentando al fiscal, le apostrofó ser un retrógrado, y él, en cambio, un
innovador.
Aunque
su alegato digno de Zolá dejó más bien fríos a los hombres de toga, suscitó el
entusiasmo de un sector de la juventud santiaguina, que erigió a Bilbao como un
héroe, paseándolo en hombros por las calles principales de la capital. En medio
de tales efusiones, el bisoño apóstol, embargado por las emociones y ahogado
por los abrazos, sufrió incluso un desmayo. Aunque el episodio tenía más de corso
que de tragedia romana, era insoslayable la reacción de la autoridad.
Reunido
el Consejo de la Universidad, a petición de Egaña aunque con la repugnancia
decidida de Bello y Gorbea, dictaminó que Bilbao no podía continuar sus
estudios de Derecho, siendo expulsado. Al tiempo, Lastarria, profesor de
derecho público, leyó su monografía sobre la –a su juicio- influencia funesta
que la Conquista y la Colonia habían legado a la República. Esta segunda
publicación se consideró un refuerzo de las ideas de Bilbao y eclipsó la
amistad entre Bello y Lastarria. A pesar de este distanciamiento de los jóvenes
liberales, Bello “se hizo querer y respetar de los hombres de talento
contemporáneos que lo trataron, no importa el credo que tuvieran”.
El
propio Bilbao, escribirá conmovedoras cartas a Bello, con motivo de las
muertes, implacablemente seguidas, de sus hijos Carlos, Francisco y Juan. En
una carta le dice Bilbao a Bello: “Desde París, os escribí por la muerte de
Francisco; desde Lima cuando murió Carlos; y hoy desde Buenos Aires, por Juan,
mi amigo y compañero, la alegría de nuestras reuniones juveniles, amado de
todos, inteligencia luminosa, corazón profundo de ternura, encanto de nuestras
horas de solaz, por su sinceridad, su brillo y su entusiasmo. En la virilidad
de su genio y de su edad ha sucumbido.”
¿Cómo
era un día cualquiera de Bello? Se levantaba de madrugada, probablemente entre
las cinco y las seis, con las primeras luces. En la mañana, trabajaba en su
gabinete privado, y entre las nueve y diez, almorzaba. Después, se dirigía al
Ministerio de Relaciones Exteriores. En la tarde, si había sesión, que
normalmente se realizaban de una y media a cuatro, se dirigía al Senado.
Después, a casa, donde la comida se servía a las cuatro y media en invierno y a
las cinco en verano, para rematar el día, con un paseo por la Cañada o Alameda
de O’higgins, paseo en el que solían acompañarlo amigos, discípulos y algunos
de sus hijos. De regreso, se acostaba muy temprano. Si el tiempo no permitía
pasear, pasaba del comedor al escritorio, entregándose a la lectura. Leía de
todo y a todas las horas posibles. En ocasiones, las tardes se veían
interrumpidas por la visita de amigos íntimos, como Miguel Luis Amunátegui,
Diego Barros Arana, Manuel Antonio Tocornal y José Victorino Lastarria y más
espaciadamente, Benjamín Vicuña Mackenna.
Continuará...