SEMBLANZA
DE DON ANDRES BELLO LOPEZ
Dr. Juan Andrés Orrego Acuña
Profesor de Derecho Civil U. Chile
(VI)
"Bolívar
regresaría a su patria en septiembre de 1810, en la corbeta “Sapphire”. Está
impaciente por iniciar la revolución. Miranda, le ha prometido seguirlo en
breve. Bello, opta por permanecer en Londres, como secretario de la Misión, a
cuya cabeza queda López Méndez. Los amigos, de esta forma, se distancian y no
volverán a encontrarse. ¿Qué les habría deparado el destino, a ellos y a las
propias naciones americanas, si Bolívar, con más perspicacia, hubiere retenido
a Bello como su consejero? La respuesta pertenece al ámbito de la especulación
histórica, al terreno de la ucronía. Pero resultan muy interesantes los
conceptos que sobre el particular, vierte Edwards Bello: “Bello y Bolívar eran
extremos y como tales debieron tocarse y complementarse, como se complementan
(…) el frío del Norte con lo cálido del Sur; como se complementan el verbo y la
acción.
Desde
el momento que perdió a su maestro, Bolívar apagó su antorcha y nada más que
tinieblas sucedieron en la Gran Colombia a las victorias guerreras. Las luces
se fueron a encender en las cordilleras del Sur, que seguirán brillando a pesar
de cuanto digan, como los mayores fanales de cultura de nuestra América.
Bello
y Bolívar, colocados así juntos, en Caracas, debieron correr juntos la carrera.
La revolución de la independencia careció de fuerza centrípeta o de núcleo
desde el momento que esos héroes se divorciaron; la victoria guerrera sin el
auxilio espiritual perdió su fuerza. (…) Bolívar ganó la guerra contra España,
como O?higgins y San Martín en el Sur; pero todos ellos perdieron la guerra
contra la tiranía de adentro, contra el espíritu de desorden y disgregación.”
En
Venezuela, no faltaron quienes deslizaron críticas a Bello por su escaso
interés en la revolución emancipadora. En verdad, el temperamento de Bello no
estaba hecho para la faz agonal de la política, para el enfrentamiento directo
con el enemigo, para la brega proselitista o el lenguaje de las armas. Por
cierto, en ciertas épocas, los pueblos requieren de hombres que levanten las banderas
y se pongan al frente en el combate. Pero Bello no estaba llamado para esa lid.
Bello,
a quien Salvador de Madariaga llamaría “la flor de Caracas”, de haberse
sumergido en la lucha revolucionaria, habría sido “destruido (…) por la tromba
que se aproximaba, como serían destruidas todas las creaciones venezolanas,
inclusive las crías de caballos y de vacunos”(…) Observó los hechos como
empleado público y cronista modesto”. Era un organizador, un constructor, y por
lo tanto, el hombre indispensable para la segunda fase de la política, es
decir, la faz arquitectónica. Por lo demás, no era un malagradecido. No
olvidaba que salido de una familia empobrecida, había hecho carrera en la
administración española, junto a los capitanes generales Guevara Vasconcelos,
Las Casas y Emparán.
La
revolución americana había sido obra de jóvenes ricos, pertenecientes a las
familias más aristocráticas. Criollos que por su situación, reclamaban para sí
el poder político, resentidos por los desaires de los funcionarios que la
Corona enviaba a sus dominios. Ello explica que fueran hombres como Bolívar,
San Martín, O’higgins y los Carrera, quienes encabezarían las huestes
emancipadoras. Todos hijos de familias ricas.
En
Venezuela, igual que en Chile, la revolución fue cosa de aristócratas, de los
hijos de “los grandes cacaos”, así llamados por ser los dueños de las grandes
haciendas, que habían pagado sus títulos de condes y marqueses con fanegas de
cacao. Bello, no formaba parte de este grupo de jóvenes nacidos en cuna de oro,
algo irresponsables y muy idealistas. En ellos, la pasión prevalecía sobre el
juicio, la razón.
Bello,
por el contrario, observaba los acontecimientos con el escepticismo del que
conoce en profundidad la naturaleza humana. En esta actitud cerebral, frío ante
los espasmos revolucionarios, Bello se asemeja a Portales, quien tampoco tomó
parte en la revolución emancipadora. Como escribió Edwards Bello, Portales “No
sintió la revolución de 1810 por ningún lado, ni por el de los llamados
patriotas ni por el de los godos (…) Bello no sintió la revolución americana
con la fuerza sanguinaria y la precipitación de otros jóvenes de su tiempo.
Estaba reservado para faenas de mayor nobleza y eficiencia.”
Continuará…