LOS SONIDOS DEL 36 - III
[NOTAS SOBRE UNA TRANSICIÓN, TERCERA PARTE]
Caracas, 3 de mayo 2021
Por Tomás Straka
"¡Ay, Galavís, vete de aquí!: el 14 de febrero
El General Félix Galavís,
gobernador del Distrito Federal, decidió que había que ponerle un alto al
asunto. Protestas todos los días, atrevimientos inauditos en la radio y los
periódicos, llamados al desorden. Las cosas no podían seguir así. Por eso
suspendió las garantías e impuso un control de prensa.
Galavís era la encarnación
del general gomecista típico: tachirense, curtido en las viejas guerras
civiles, monolíticamente leal al Jefe recientemente muerto, hombre de no
tolerar ningún desorden. Y por eso era, también, el villano perfecto.
Una vez más el soundtrack del
momento nos permite delinear cómo lo sentían los caraqueños de la hora. Aunque
la moda del tango seguía firme y la gente no terminaba de llorar la muerte de
Gardel, poco a poco también se abría paso a la música cubana. Hollywood y la
industria disquera norteamericana difundían con abundancia congas, rumberos con
sus holanes, rumberas con sus faldas inquietantemente cortas, aplaudidos en
todo el mundo. Venezuela, tan vinculada con Cuba, no podía ser la excepción.
Así las cosas, a Galavís se le sacaría un estribillo cambiándole la letra a un
son montuno, al parecer del Trío Matamoros: “¡ay, Galavís/ay, Galavís/vete de
aquí!”. Quien escribe no ha logrado hallar más datos sobre el tema parodiado.
(Valga acá un excurso: la visita de Matamoros a Caracas en 1933 generó una
sensación que de algún modo preludió a la que causaría Gardel, aunque no tan
grande, ya que el son nunca fue un fenómeno de todas las clases: ¿habrá ido a
verlos Diego Cisneros? ¿Hubiera podido imaginarse el papel que tendría después
de 1959 reinsertando actores cubanos en la televisión venezolana? ¿Habría oído
Cisneros entonces algo acerca de la televisión?)
Pero eso fue sólo el
principio. La respuesta a las medidas de Galavís fue más allá de las coplas.
Una de las tantas organizaciones políticas que se estaban organizando o
reagrupando por aquellos días, la Junta Patriótica, llamó a una protesta el 14
de febrero en la mañana. Dirigida por un antigomecista de la generación más
vieja, Jorge Luciani, y arropándose con un nombre de resonancias históricas, su
funcionamiento fue más bien fugaz, pero le tocó ser nada menos que el
convocante de lo que sería un hito histórico. Por supuesto, no iba en
solitario. Para ese día también fue convocada una huelga por la bastante más
poderosa Asociación de Empleados (ANDE), dirigida por Alejandro Oropeza
Castillo, y una de las raíces de lo que en los siguientes años serían la
Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV) y Acción Democrática.
En un principio, la
concentración no insinuó nada fuera de lo común. Sin embargo, las cosas
terminaron saliéndose de control. Los manifestantes decidieron ir a la Plaza
Bolívar, frente a la sede de la gobernación del Distrito Federal. La situación
se hizo muy tensa y lo que ocurrió después no ha quedado nunca claro. No se
sabe quién dio la orden, si es que alguien la dio, o si fue que a alguno de los
soldados que custodiaban el lugar lo vencieron los nervios, pero el hecho fue
que comenzó un tiroteo con saldo de seis muertos y ciento cincuenta heridos. La
noticia corrió como una descarga eléctrica por la ciudad, generando una
indignación muy honda, tal vez como nunca antes haya pasado, por lo menos que
se tenga registrado.
Ante aquello, los
estudiantes de la Universidad Central de Venezuela (que quedaba a una cuadra de
la Plaza Bolívar, en el actual Palacio de las Academias) convocaron a una
protesta para la tarde del mismo 14. Nada menos que el rector Francisco Antonio
Rísquez, con todo su prestigio de anciano honesto y sabio, decidió encabezar la
marcha. A las aulas de la UCV se había reincorporado, después de seis años en
La Rotunda y uno en el exilio, Jóvito Villalba, entonces el gran héroe de las
protestas del 28. Su verbo potente y su voz profunda y metálica lo habían
llevado a presidente de la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV), cuyo
papel en la agitación política de aquel año sería tal que los caraqueños dirían
que había dos gobiernos en la capital: el de Miraflores y el de Miracielos,
donde estaba la sede de la FEV.
Se corrió la voz y, en un
fenómeno que todavía genera admiración, prácticamente toda Caracas decidió
acompañar a los estudiantes. No hay acuerdo en la cifra, en parte porque
tampoco hay (ni la hubo) forma real de calcularla, pero algunos ponderan en más
de cien mil personas concentradas en el centro. Otros -y para quien escribe más
plausiblemente- hablan de cincuenta mil personas. El hecho es que nunca se
había visto algo similar. En una ciudad que estaba sobre los doscientos mil
habitantes, aquello representaba a casi toda la población adulta. López
Contreras creyó seriamente que era el final de su gobierno. Tal vez la multitud
se dispersaría a hierro y fuego, pero eso, según todas las evidencias encontradas
por los investigadores, no fue considerado. Lo que sí hizo fue otro movimiento
audaz, de los que siempre fue muy hábil, que evidentemente descolocó a todos:
propuso que una comisión de los manifestantes fuera a dialogar con él en
Miraflores. Es acá donde es necesario insistir en que Gómez no tenía ni dos
meses de muerto. ¿Qué?, debió ser lo que de un modo u otro se preguntaron
todos, ¿el presidente quiere hablar con el pueblo? En un principio se pensó que
el rector Rísquez debía encabezar la delegación, pero él prefirió darle el
testigo a quien veía como el futuro: Jóvito Villalba.
Entonces ocurrió el giro
que terminó de definir la historia. Como casi siempre con Villalba, la
sensación que deja es ambivalente. En ocasiones se ha dicho que Rísquez lo
hubiera hecho mejor. En cualquier caso, la verdad es que, hasta donde sabemos,
ni Villalba ni nadie tenía algo preparado para una eventualidad como la de
llegar a Miraflores. López Contreras contemplaba varios escenarios, siendo el
de la petición de su renuncia el más importante. Pero llegada la comisión e
inquirida sobre sus objetivos, se limitó a solicitar la remoción del
gobernador, un cambio en el gabinete, restitución de las garantías y libertades
sindicales. Para quien temía su derrocamiento, aquello representaba algo más
que un acuerdo favorable. Le dijo que sí a todo, despidió a la delegación y, de
hecho, controló la situación. Villalba, por primera vez en su vida (y no sería
la última), vio cómo la oportunidad de tomar el poder se le escurría entre las
manos. Tal vez no tanto como haber asumido la presidencia, pero sí algo como un
gobierno de unidad, con él adentro, o una convocatoria a elecciones. En
cualquier caso, lo que comenzó ese día ya no se pudo detener.
Después de junio, cuando
fracasó una huelga bastante mejor organizada y con fines insurreccionales más
nítidos, López Contreras pasó al contraataque. Sin revivir las torturas, ni las
prisiones y homicidios del gomecismo, pero con constantes juicios, carcelazos
breves y otros métodos, poco a poco fue cortando el radio de acción de los
nuevos partidos, en especial los de izquierda (ORVE, Organización
Revolucionaria, más bien socialdemócrata, para simplificar las cosas, y el PRP,
Partido Republicano Progresista, una organización de tapadera del clandestino
Partido Comunista). Al final del año, mientras estallaba una huelga petrolera
que se hacía famosa, apareció el llamado Libro Rojo o La verdad de las actividades comunistas
en Venezuela, con documentos incautados gracias a una vasta
operación de espionaje a líderes izquierdistas, especialmente a Raúl
Leoni. Bastó para “demostrar” la existencia de una conspiración
comunista, apelar al Inciso 6to. del artículo 32 de la constitución, que
prohibía el comunismo, y así arrestar y expulsar del país a cuarenta y siete
líderes “comunistas” (algunos lo eran, pero otros, como Villalba, en realidad
no) en marzo de 1937. No en vano por aquellos días Petróleo crudo es
encarcelado otra vez.
Trago largo o el camino a
la democracia
Pero no por retomar las riendas,
López Contreras renunció a las políticas aperturistas. Tan pronto como el 21 de
febrero había publicado un vasto plan de reformas sociales y económicas que se
conoce como Programa de
Febrero, en el que venía trabajándose pero que se aceleró con los
sucesos del 14 de febrero.
En general, la prensa
actuó con bastante libertad, los sindicatos y partidos no comunistas pudieron
funcionar y, al menos a nivel municipal, las elecciones comenzaron a ser lo
suficientemente competitivas como para que opositores pudieran obtener algunos
triunfos. Las demandas de la Asociación Venezolana de Mujeres empezaron a ser
respondidas dentro de una política sanitaria y educativa general. De la
formación de maestros al tratamiento de las enfermedades venéreas, de la malaria
a la legislación petrolera, de la obstetricia a la construcción de carreteras,
de la política financiera a los deportes, se emprendieron una multitud de
reformas y se profundizaron otras en curso. Desde el color vinotinto de la
selección nacional de fútbol (estrenado en 1938) hasta instituciones como el
Banco Central de Venezuela o la Maternidad Concepción Palacios, aún la
Venezuela de 2021 está llena de referencias a lo que se desencadenó en 1936.
Años después, Andrés Eloy
Blanco escribió el poema “Trago Largo”, que conmemoraba el día en el que Juan Bimba había salido
a la calle:
El 14 de febrero se echó
el cogollo de un lao,
cogió su guacharaquita y
el porteño encabullao…
Lo trajeron de la plaza
con el pecho atravesao.
–Ay, mijo de mis entrañas,
¿por qué me lo habrán matao?
Y Juan Bimba decía:
–No llore, mamá, trago
amargo, mi vieja,
sin mirarlo;
tómelo, mi mamá;
trago largo…
No sólo Juan Bimba, representación
de la Venezuela rural que entonces se hacía famosa gracias a caricaturistas
como Medo (Mariano Medina Febres) y Leo (Leoncio Martínez), quienes
representaban de ese modo al pueblo. De hecho, más que Juan Bimba,
salieron esos muchachos que imitaban a Matamoros y cantaban sus canciones, es
decir, la nueva Venezuela urbana que emergía. Y, aunque el verso se centra en
los muertos, lo distintivo de la jornada fue, sobre todo, que la mayor parte de
los Juan Bimba,
de los jóvenes que oían a Matamoros, de los Pío Miranda, de los revolucionarios
y demócratas que lo eran de verdad, de las aguerridas mujeres que cada día le
arrancaban a los poderes un pedazo más de igualdad, de los estudiantes, los
intelectuales y académicos como Rísquez, de los ciudadanos en general, tal vez
alguno de los invidentes que estaba inscrito para las futuras clases de Braille
pudieron ir a protestar por la tarde y en la noche regresar enteros a sus
casas. Incluso regresar con el sabor a éxito de haber sido recibidos por el
presidente y haberle impuesto algunas de sus solicitudes.
Andrés Eloy Blanco es el
último rostro y sonido del 36 que traemos a colación. “Trago Largo”, que, a
pesar de su letra tan triste, terminó siendo la letra una guaracha (otro poema
suyo, “Píntame angelitos negros”, aportaría la letra para un hit en
Latinoamérica y España en los años cuarenta, en la voz de Antonio Machín, pero
eso ya es otro capítulo de la historia). Son ésos los rostros y sonidos de
1936, los que en conjunto empujaron la transición, y lo que, por sobre
todo, conmemoramos su ochenta y cinco aniversario: los de la protesta callejera,
los de los nuevos líderes que hablan de democracia y revolución, Jóvito
Villalba, pero también los gomecistas de
bajo perfil que apoyaron dialogar con él, los rostros y sonidos del país que
cambiaron y oían a Gardel y a Matamoros, se organizaba en partidos y
sindicatos, o en organizaciones como la Asociación Venezolana de Mujeres y la
Sociedad de Amigos de los Ciegos, o compraba un camión de volteo como Diego
Cisneros, como primer escalón de un imperio regional; el país de Juan Bimba, de
un sefardí de Salónica y Eugenio Mendoza.
Las transiciones son así,
empujadas por líderes como Villalba, permitidas por otros como López Contreras,
pero, en realidad, construidas por el conjunto de todos los demás.
Tomado de PRODAVINCI