EL DÍA DEL “NO”
Caracas, 31 de octubre 2020
“En
1940 mandaba en Grecia el General Ioannis Metaxás. Había sido veterano de la
Guerra Greco-Turca y de las Guerras Balcánicas. Opuesto a la entrada de Grecia
en la Primera Guerra Mundial, y por tanto a la política adelantada por
Eleftheríos Venizelos, se mantuvo fiel al rey Constantino I, por lo que debió
pagar exilio en Córcega cuando el rey fue destronado en 1917. A su regreso a
Grecia, fundó el “Partido de los Librepensadores”, con el que obtuvo pequeños
éxitos durante la Segunda República. Cuando la monarquía fue restaurada en
1935, Metaxás fue designado primero Ministro de Defensa y después Primer
Ministro del rey Jorge II. Así se mantuvo unos pocos meses muy críticos y
revueltos, los necesarios para urdir, con la bendición del rey, un golpe el 4
de agosto de 1936 e instaurar una dictadura de corte militarista, totalitario,
nacionalista y anticomunista. Menos de un mes antes se había alzado Franco en
España, y en Portugal Salazar consolidaba su personalismo autoritario con el Estado
Novo.
Lo
primero que hizo Metaxás fue prohibir los partidos políticos, comenzando por el
suyo propio. Después, como es de prever, se dedicó a quemar libros. Goethe,
Shaw y Freud ardieron en la misma hoguera que no pocos autores griegos, Platón
incluido. Soñando con devolver a Grecia el esplendor alcanzado bajo Pericles,
Alejandro y Bizancio, el “Primer Campesino”, el “Padre Nacional”, el Arjigós (“líder”)
pretendía restaurar la “Tercera Civilización Griega”, sin duda inspirado en el
Tercer Reich. A la vez, intentaba mantenerse neutral, tratando de buscar un
balance entre Inglaterra y Alemania. Contradicción imposible, pronto al
extravagante Metaxás le alcanzará la cruel realidad. Inspirándose en la Italia
fascista y en la Alemania nazi, adoptó muchos de sus símbolos, como el saludo
romano, el labrys (la doble hacha) y, dicen, también
la tortura con aceite de castor. En su intento de crear un Estado corporatista,
adaptó muchas de las instituciones de la Italia de Mussolini, creando, en
palabras de Richard Crogg (A Concise History of Greece, Cambridge,
2013), un “simulacro de régimen fascista”. Fue el caso de la Organización
Nacional de la Juventud (EON, por sus siglas griegas) y las “Brigadas del
Trabajo”, pero también de otras iniciativas no tan malas como el Instituto de
Seguridad Social (IKA) o la jornada laboral de ocho horas. Así pagan: también
de Mussolini llegará el mensaje que marcó el fin de su gobierno.
La
madrugada del 28 de octubre de 1940, el embajador de Italia, Emanuele Grazzi,
solicitaba reunirse urgentemente con el general Metaxás. Traía un mensaje del
mismísimo Duce. Mussolini acusaba a Grecia de haber violado la neutralidad,
otorgando ventajas a los británicos. Demandaba para las tropas italianas
derechos de ocupación de ciertos “lugares estratégicos” que no especificaba.
Exigía asimismo la disolución del ejército griego y daba solo tres horas para
ello. De lo contrario, declararía la guerra. Estaba claro que el Duce buscaba
una confrontación inevitable. Pocos años después, en sus memorias tituladas El
principio del fin (Il principio della fine, Roma,
1945), el embajador Grazzi recordaba la escena: a Metaxás, que no hablaba
italiano, se le humedecieron los ojos. Entonces murmuró en francés con voz
triste pero firme: Alors, c’est la guerre (“Entonces
es la guerra”).
Ya
sabemos que la relación entre historia y leyenda está marcada por una especie
de travestismo: siendo diferentes, a la una le gusta disfrazarse de la otra y
viceversa. El producto de esto es lo que algunos, como el poeta Seferis,
llamaron “mitohistoria”, híbrido producto de un difícil maridaje. Hay una
leyenda popular que fue promovida por la viuda de Metaxás, quizás con el fin de
convertir el recuerdo del dictador en el de un héroe patriota. Según ella,
Metaxás solo respondió lacónicamente: Óji (“no”). Para muchos
esta es la verdadera historia. Incluso, me temo, para la historia misma.
¿Tenía
alguna posibilidad la pequeña Grecia ante el ultimátum de Mussolini? Desde
luego que no. Al menos no en el mediano plazo. En realidad, los italianos
siempre habían considerado a Grecia como una especie de protectorado. Eso desde
Roma. En cuanto a Mussolini, necesitaba de victorias fáciles, eso pensaba él,
que fortalecieran su posición frente a Hitler. Así, las provocaciones y la
guerra de nervios habían comenzado meses atrás, consiguiendo que los griegos se
unieran (cosa extrañísima) en torno al dictador, como nota Apóstolos
Vacalópulos en su Historia de Grecia Moderna (Santiago
de Chile, 1995). C. M. Woodhouse, por su parte (Modern Greece. A Short History, Londres,
1998), apunta: “El momento encontró, por primera vez en muchos años, al pueblo
griego y su gobierno totalmente unidos”. Ya el 9 de abril, Metaxás había
escrito en su Diario: “prefiero la destrucción total de
mi país antes que la deshonra”. Los griegos estaban, pues, perfectamente
conscientes de que cualquier desafío a Mussolini significaba un desafío directo
al Eje, concretamente a la temible y hasta entonces invicta Werhmacht.
Esa madrugada,
pues, hacia las 3am., el embajador Grazzi abandonó la residencia de Metaxás en
Kifisia, después de haber consignado el humillante ultimátum. Solo dos horas y
media después, a las 5.30, las tropas italianas estacionadas en Albania
atacaban la frontera norte, mientras su aviación bombardeaba Atenas,
Tesalónica, Larissa, Corfú, El Pireo y Patrás. Como quiere la mitohistoria, por
la mañana los atenienses se lanzaron a las calles al grito de ¡Óji!
¡óji! Al principio la resistencia fue feroz, e incluso el
contraataque obligó a replegarse a los italianos. En efecto Mussolini llegó a
temer una derrota, y es cierto que solicitó ayuda al Führer, pero no la
consiguió. Sin embargo, la suerte estaba echada, si bien Metaxás no pudo verla,
pues habría de morir el 29 de enero de 1941. Dos meses después, el 6 de abril a
las 5.30 de la mañana, el embajador alemán, príncipe Ehrbach, entregaba una
notificación al nuevo Primer Ministro Koritzís. En esos precisos momentos, la Wehrmacht cruzaba
la frontera búlgara. La ocupación alemana había comenzado.
El
“Día del No” ha sido celebrado desde 1942, primero por la resistencia y,
después de la guerra, por todos los griegos y chipriotas, así como por las
comunidades griegas dispersas por el mundo. Historia o leyenda, buenos o malos,
en verdad poco importa, lo hemos dicho. Lo importante es cuando la gente cree
el relato y lo convierte en símbolo. Como en Termópilas, Maratón y Salamina, el Óji no
es solo una fiesta que nos habla del patriotismo griego. Nos recuerda la
dignidad de todos los pueblos, por pequeños y pobres que sean. Su derecho a
resistir y a luchar por su libertad, incluso cuando pensamos que esa lucha
está, de momento, destinada al fracaso. También nos habla de esa extraña manía
que tienen algunos, de quererse morir por su tierra.”
Tomado de PRODAVINCI, Venezuela.